Dirección de Correo, T. Gismera Velasco: atienzadelosjuglares@gmail.com

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domingo, 21 de enero de 2018

GAJANEJOS ¿LOCO O SALVAJE?



GAJANEJOS ¿LOCO O SALVAJE?

Según sucedió:

   En la mañana del día primero del actual, (junio de 1904), y sobre las cinco y media de la misma, un sujeto desconocido llegó al pueblo de Gajanejos con un saco de arpillera al hombro y tres o cuatro cacharros de lata en la mano, y después de haber vendido uno de ellos en una peseta se fue a la casa del vecino J.L., donde solo se hallaba su esposa, G. de la C., a la cual pidió le vendiera un cuartillo de aguardiente, y como esta le dijera no tenía de venta, la dijo que se conoce que el pueblo era muy pobre porque salían malas yuntas de mulas al campo, contestándole la G., que había buenas y malas, como en todas partes.

   Insistió dicho sujeto en que le había de vender aguardiente y la G., le dio medio cuartillo, y mientras se lo estaba bebiendo preguntó a la G., que si tenía marido y que dónde estaba, pregunta que a la G., le infundió alguna sospecha y miedo; y saliendo a la puerta de la calle le dijo que sí, que tenía marido y que estaba en la cocina, que se marchara de su casa pues si su marido se enteraba de que le hacía preguntas que no le importaban, saldría y le haría marchar cuanto antes.


Ccrónica parda. Sucesos que dejaron huella. También en libros



   Y sin mediar más palabra, el sujeto se abalanzó a la G., y tirándola al suelo se echó encima de ella acometiéndola a bocados en el pecho, los brazos y la cabeza, rompiéndola el pañuelo de la cabeza y arrancándola una porción de pelo, causándola pequeñas heridas en la oreja, mano y pecho derechos, todo a bocados y con tal ensañamiento, que seguramente hubiera dado fin de ella si no se hubiera apercibido de la cuestión la vecina S. de la C., que a las voces que daba pidiendo auxilio pronto acudió bastante gente y el señor Alcale, el cual ordenó la conducción inmediata del desconocido a la cárcel; el cual, viéndose rodeado por bastante gente, cogió uno de los cacharros de lata y con él le asestó un golpe en la frente al vecino J. de A., que de orden del señor Alcalde fue a coger al sujeto en unión de otros, causándole una herida de siete centímetros de longitud por dos milímetros de profundidad y acometiendo a patadas y bocados a cuantos veía por delante.






Los Libros de la Crónica Parda, que ahora llegan a través de Amazón:




   El Alcalde intimó al desconocido a que obedeciera y no acometiera a nadie, contestando con insultos a dicha autoridad, al Juez, al Gobierno e instituciones, siendo preciso atarle las manos y se este modo se logró poder encerrarlo.

   Un rato después, y algo más tranquilo, se le interrogó acerca de su personalidad y dijo que se llamaba Mariano S.M., natural de Cortes de Tajuña, de estado soltero, de 31 años de edad y de oficio hojalatero.

   Según datos particularmente adquiridos dicho sujeto es licenciado de presidio por asesinato, y goza en su país la fama de violador de mujeres.

   Sobre los hechos referidos entiende el juzgado respectivo.

(Así lo contó la prensa el día 11 de junio de 1904)

domingo, 14 de enero de 2018

CILLAS: CRIMEN DE RONDAS (2)



CILLAS: CRIMEN DE RONDAS (2)

   A la rectitud y celo del digno Juez de Molina, D. Manuel Morón Villegas, ayudado por el Capitán de la Guardia Civil, D. Rufino Cuevas, se debe el descubrimiento del crimen de Cillas que tenía indignado al vecindario de Molina.

   El hecho acaeció de esta manera: Rondaban en aquel pueblo dos grupos de mozos al anochecer del 14 de diciembre de 1900, cuando Marcelino T., mozo también, de complexión robusta y bastante pendenciero, les salió al encuentro impidiéndoles continuasen rondando, y bien por esto, bien por la intervención de la autoridad, los mozos suspendieron la ronda.

   A los pocos días recibió el juez de Molina, Sr. Hernández aviso de haber desaparecido del pueblo el referido T., y se encontraron huellas que revelaban haberse cometido un asesinato. Personado el juzgado halló en una calle manchas de sangre, y a cierta distancia del pueblo, entre dos heredades un hoyo en el cual se veía que había sido enterrado un cadáver, y sacado al poco tiempo.

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   Como presuntos autores fueron detenidos los mozos de Cillas, Cándido I. y Esteban H., y en vista de suponerse que el cadáver hubiese sido arrojado a una mina de la Torre de Miguel Bon, en el término de Molina, de 39 metros de profundidad, de ellos 24 de agua, se ordenó el registro de dicho pozo, que no dio resultado alguno.

   Los supuestos autores seguían en la cárcel de Molina y las cosas seguían sin aclararse, cuando llegó a dicha  ciudad el Juez Sr. Morón por haber sido trasladado el Sr. Hernández.

   Desde el primer momento reveló el Sr. Morón una constancia a toda prueba, logrando saber, no sin grandísimos trabajos, primero que los autores del crimen eran los dos presos y después que el cadáver había sido arrojado a la mina que hemos indicado anteriormente. No bien había salido a la Torre de Miguel Bon el 17 de julio, cuando recibió aviso el Sr. Juez, de que los  presos querían hacerle algunas declaraciones, y una vez regresado a Molina, pudo ver confirmado por los autores del delito el hecho de estar en efecto en la mina de referencia el cuerpo del infeliz T.

   Provistos de todo lo necesario descendieron en una balsa al agua de la mina,  y desde la superficie extrajeron con ganchos  el cadáver, desnudo por haberse desprendido de las ropas, quedándole solo parte de la blusa alrededor del cuello y las abarcas que calzaba, tenía atada a los pies una piedra de cuatro arrobas.



   El cuero cabelludo y las partes carnosas de la cara y las manos habían sido consumidas por el agua.

  Trasladado al depósito de cadáveres de Molina entre multitud de curiosos que se agolpaban en el tránsito, y verificada la autopsia a las cinco de la mañana del día 18, presentaba tres heridas. Una le atravesó el corazón, otra el pulmón derecho y otra el antebrazo.

   Los orificios de las dos heridas pectorales indican haberse causado con armas diferentes.

   El Sr. Morón ha sido justamente felicitado.

(De la prensa del día 25 de julio de 1901)

miércoles, 10 de enero de 2018

GUADALAJARA. LA CAUSA DEL FILIPINO (2)

GUADALAJARA. LA CAUSA DEL FILIPINO (2)




   Tiempo hacía que en esta pacífica ciudad no se registraban escenas sangrientas, y mucho menos tan horribles como la que el miércoles último se desarrolló en la casa número 4 de la calle de San Roque, donde habitaba un matrimonio con dos hijos y un criado indio llamado Julián A. C.

   La señora era hermana de nuestro ilustrado amigo don Segundo S.V., Catedrático de Francés de este Instituto, y había contraído matrimonio en segundas nupcias con D. Antonio R., trasladándose a la Península, no hace mucho, desde Filipinas, con objeto de atender a la educación de sus hijos Rafael y Sixta, niños de doce y nueve años respectivamente.

   El día del suceso, después de comer, marchó don Antonio a La Peña, según tenía por costumbre, quedando en casa la señora, sus hijos y el indio, a quien algunos vieron poco antes del crimen en una taberna de aquella calle.

   Cuando subió el criado a la casa fue cerrando una tras otra todas las puertas, y ya en la habitación donde estudiaba Rafael, se  abalanzó sobre el inocente niño, esgrimiendo enorme cuchillo e infiriéndole varias heridas que le ocasionaron la muerte.



   La madre acudió presurosa a los gritos de su hijo, y al tratar de defenderlo, recibió dos heridas incisas y dos contusas, pues el indio, a más de duchillo, llevaba una barra de hierro.

   Apenas se enteró el vecindario de lo que había ocurrido, corrió tras del criminal, que huía, y a no haberse metido en el portal del Sr. Alcalde, seguramente le hubiesen linchado.

   El agresor tendrá unos 16 años y continuamente estaba protestando ante sus dueños porque le habían traído de Filipinas; se dice que en diferentes ocasiones les había robado, y últimamente despareció una valiosa sortija que fue hallada en el baúl de Julián.

   Este parece que ha declarado que el niño Rafael le pegó la tarde del crimen, aunque la opinión general es que el indio obró sin previa provocación, y a impulsos de una pasión mal reprimida.

   (Tal y como se publicó en la prensa, el 6 de febrero de 1898, bajo el título de: “Un indio criminal”)